La Asociación Gregorio Ybarra ha tenido a lo largo de su historia figuras que marcaron un antes y un después en la educación y desarrollo de los niños y jóvenes sordos. Entre ellas, destaca especialmente Gregorio Ybarra de la Revilla, cuya dedicación, visión y generosidad hicieron del colegio un referente nacional e internacional en su época.

Gregorio Ybarra de la Revilla (1887-1973)

Gregorio Ybarra y su compromiso vital por la mejora educativa y personal de las personas sordas

Gregorio Ybarra de la Revilla (1887-1973) fue una de las figuras más decisivas en el impulso al antiguo Colegio de Sordos de Vizcaya por su compromiso profundo, constante y desinteresado con la mejora educativa y personal de los niños y jóvenes sordos. Su vinculación con la institución comenzó muy pronto, cuando accedió a la Junta Directiva de la Asociación benéfica en 1915. En 1918 fue nombrado vicepresidente y, poco después, presidente de la Junta Directiva siendo su mandato el más longevo de la entidad hasta la fecha. Durante su gobierno (1930-1978) se dio un impulso importante a la educación del niño sordo, dedicando gratuitamente su apoyo al colegio durante más de 58 años.

Miembro de la familia industrial de los Ybarra, era el hijo menor de Fernando Luis Ybarra y y Arámbarri y María de la Revilla, descendientes de familias acomodadas en el Bilbao industrial de la época. Era por tanto sobrino de la beata Rafaela Ybarra de Vilallonga, fundadora de los Ángeles Custodios y de la fundación que hoy lleva su nombre. 

Casó con Esperanza Zayas y tuvieron cinco hijos, cuatro hijas y un varón, José Miguel, que también formó parte durante años de la Junta Directiva del colegio de sordos y padre del actual presidente de la Asociación.

Gregorio y Esperanza con sus dos hijos mayores en 1915

Abogado de formación Gregorio Ybarra tuvo una vida muy activa. Fue consejero de, entre otras empresas, Altos Hornos de Vizcaya. Promotor cultural y deportivo, miembro de la Federación Nacional de Hípica, organizó los concursos hípicos de Fadura. 

Concurso hípico de Fadura, 1947

Destacó también por su sensibilidad y dotes artísticas. Excelente pintor trabajó en el estudio madrileño de Eduardo Chicharro y llegó a crear una interesante obra pictórica que, dada su modestia, permaneció oculta hasta su fallecimiento. Amigo de los más importantes artistas coetáneos, fue miembro y presidente de la Asociación de Artistas Vascos, embrión de la Junta del Patronato del Museo de Bellas Artes de Bilbao que, no exento de dificultades, consumó la idea de dotar a Bilbao de un nuevo edificio para su museo. Correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes; recibió la Medalla de Oro de la Villa de Bilbao y presidió la Sociedad Bilbaína entre 1945 y 1946.

Padre y abuelo entregado a su familia, persona buena, entrañable, caritativa y generosa. El colegio de sordos ocupó un lugar central en su vida, tan importante como su propia familia. Lo sentía como una prolongación de su casa: acudía con frecuencia, mantenía una relación muy cercana con el alumnado, conocía a cada alumno por su nombre y apellidos y seguía personalmente su evolución y sus circunstancias familiares. A pesar de sus múltiples responsabilidades y aficiones, se entregó al colegio en cuerpo y alma.

Una labor renovadora y un legado educativo duradero

Durante su largo mandato, Gregorio Ybarra impulsó una profunda transformación del colegio. Reformó por completo la enseñanza y refundó la institución, dotándola de los métodos científicos más modernos de su época. Para ello realizó varios viajes por Europa —especialmente a Bélgica, Francia y Suiza— con el fin de conocer de primera mano las técnicas pedagógicas más avanzadas, que posteriormente implantó en el centro. Esta renovación afectó al sistema educativo, a los recursos disponibles, al profesorado y a su formación, siempre con un objetivo claro: priorizar la calidad y el desarrollo integral de la persona.

Bajo su liderazgo, el colegio se convirtió en un referente a nivel nacional e internacional y llegó a contar con más de 200 alumnos. Impulsó especialmente la formación en talleres y oficios para favorecer la capacitación laboral y la autonomía de las personas sordas. Para reforzar esta misión renovadora, contrató al primer director del colegio que no fue sacerdote, Juan Calvo Muñoz, quien dirigió la institución hasta la década de los setenta.

Colegio de Sordomudos y ciegos de Vizcaya, 1929

Juan Calvo, primer director del colegio no sacerdote

Durante esos años se promovieron numerosas actividades musicales, culturales, artísticas y deportivas, con la participación del alumnado en eventos organizados por entidades como el Athletic Club, la Sociedad Filarmónica o Radio Emisora Bilbaína, lo que otorgó al colegio una gran popularidad local. 

En 1960 recibió la Gran Cruz de la Orden Civil de Beneficencia por su labor en favor de los sordomudos y ciegos durante los cuarenta y cinco años que llevaba sirviendo a la institución.

Concesión de la Gran Cruz de la Orden Civil de Beneficencia en el colegio de sordos, 1960

Su legado sigue vivo hoy en la entidad como ejemplo de compromiso, visión educativa y entrega desinteresada al servicio de las personas. La importancia de su labor fue reconocida dando su nombre a la institución y a la actual Asociación, en homenaje a una vida entera dedicada a mejorar la educación y la vida de los niños y jóvenes sordos.

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